la IA no sustituye al educador, sino que transforma su función, quien pasa de ser
transmisor de contenidos a mediador y curador del conocimiento, desarrollando
junto a los estudiantes habilidades esenciales para el siglo XXI, como el
pensamiento crítico, la resolución de problemas complejas y el uso ético de las
tecnologías (Fernandes Lustosa, 2025, p. 125).
La autora explica que esta transición demanda una postura analítica que permita comprender
los impactos sociales y los valores intrínsecos de los algoritmos, integrándolos de manera consciente
en la arquitectura pedagógica. En este escenario de innovación, el texto conduce inevitablemente al
interrogante sobre la necesidad de ¿cómo revisar estas nuevas prácticas docentes a través de la
concepción de la evaluación? Asumiendo que la profundidad de este cambio exige una coherencia
metodológica renovada, la propuesta concluye en que la transformación educativa debe ser integral y
sistémica, reconociendo con honestidad epistémica que no se puede seguir evaluando de la misma
manera con el uso de la IA, por lo que es necesario orientar la enseñanza hacia un horizonte de
realismo estratégico y excelencia académica.
En el Capítulo 7, María Alejandra Ambrosino analiza la condición posdigital como un
ecosistema donde la tecnología se constituye en el tejido fundamental de la existencia humana. En
este contexto de datificación, la autora sostiene que “hemos metido nuestro cuerpo en lo digital, y
ahora estamos en un escenario posdigital, una fase donde las tecnologías no son una opción externa,
sino el ambiente mismo en el que se despliega la vida” (p. 140). Esta perspectiva permite redefinir el
diseño pedagógico como una oportunidad estratégica para construir trayectorias que integren la
dimensión simbólica y material con el crecimiento del estudiante. Bajo este enfoque, surge el siguiente
interrogante ético, ¿cómo educamos para un mundo donde lo digital es ineludible, pero también
opaco? Para ello, la autora menciona que es necesario asegurar que la formación sitúe la ética en el
centro del entorno, para que potencie la calidad del pensamiento en la comprensión de que “diseñar
itinerarios de aprendizaje implica crear puertas de entrada significativas, que conecten los entornos
simbólicos y materiales con el desarrollo sociocognitivo” (p. 143), consolidando una arquitectura
educativa capaz de dotar de sentido a la mediación algorítmica.
En el Capítulo 8, Fernando Irigaray y Sebastián Castro Rojas analizan la transformación del
escenario educativo a partir de la emergencia de ambientes digitales y redes conectivas, entendidos
como los nuevos espacios donde se articula la construcción de sentido. Para los autores, esta
transición representa una oportunidad para una reconfiguración profunda de la enseñanza,
fundamentada en que “la incorporación de tecnologías digitales no es solo una cuestión de soporte
técnico: redefine las condiciones mismas del acto educativo” (p. 156). Bajo este paradigma, la
habitabilidad de una vida atópica y transorgánica se presenta como un campo de acción estratégica
para regular el entorno social de manera consciente. En este marco de redefinición, el desarrollo del
texto conduce necesariamente al interrogante sobre ¿cuál es la política que contienen los artefactos?,
una pregunta que surge de la exigencia de reflexionar críticamente para intervenir con autonomía en
el ecosistema digital. De este modo, la mediación tecnológica se integra en la práctica pedagógica con
el propósito de “regular el campo social con el fin de construir un entorno” (p. 155), que potencie la
capacidad de agencia y la construcción colectiva de saberes en la era de la conectividad.
En el último capítulo, la Mg. Yanina Fantasía establece una continuidad histórica entre los
medios de enseñanza tradicionales y la actual omnipresencia de la Inteligencia Artificial Generativa
(IAG), comprendiendo a las tecnologías como los modos fundamentales de ordenar nuestro mundo.
En este escenario posdigital, la facilidad de interacción con los sistemas automáticos se presenta como
una oportunidad estratégica para que el docente ejerza su pericia en la asignación de sentido,
aprovechando que estas herramientas emulan el lenguaje humano para facilitar nuevas formas de
mediación pedagógica. Según la autora, la propuesta académica se centra en la capacidad de los
educadores para intervenir activamente en los procesos de circulación del saber, reconociendo con
rigor que “nadie mejor que los docentes para poner en juego el sentido crítico que la interacción con
la IAG requiere” (p. 172). Bajo esta premisa, la labor institucional se orienta hacia una observación
Revista Científica Educ@ção v.12● n.18● edição especial/2026.