fundamentos mismos de la praxis educativa. Esta transición hacia un paradigma tecno-pedagógico híbrido
conlleva implicaciones profundas que afectan tanto a la arquitectura de la evaluación como a la naturaleza
del vínculo entre docente y estudiante.
En primera instancia, la omnipresencia de herramientas generativas impone una reforma
estructural en los sistemas de evaluación. Durante décadas, la pedagogía se ha centrado en el “producto
final” — el ensayo, el examen de respuesta múltiple o el informe escrito — como evidencia suprema del
aprendizaje. Sin embargo, en un escenario donde la IA puede producir estos resultados con una calidad
formal indiscutible, el producto deja de ser un indicador fiable de la competencia cognitiva del alumno. En
consecuencia, surge la necesidad ética de transitar hacia una evaluación del proceso.
Esto implica que el foco pedagógico debe desplazarse hacia la observación directa del desarrollo
del pensamiento: cómo el estudiante formula preguntas, cómo discrimina la información obtenida mediante
el algoritmo y de qué manera es capaz de iterar y corregir resultados. La evaluación académica, por tanto,
se convierte en un ejercicio de metapensamiento donde lo valioso no es la respuesta correcta en sí, sino el
rastro del razonamiento humano en interacción con la máquina.
“Cuestiones como la privacidad, la discriminación algorítmica y el impacto en el empleo exigen un
cambio mental en la forma en que abordamos estos temas. La IA ha cambiado la percepción de las
relaciones hombre-máquina” (Copertari, 2024, p. 96).
Esta transformación de la evaluación se entrelaza directamente con una redefinición del rol
docente. El profesor deja de ser el principal depositario y transmisor de la información — función que la
IA cumple con una eficiencia masiva — para convertirse en un mentor ético y curador de criterios. En este
nuevo rol, la función pedagógica central consiste en dotar al estudiante de una “brújula crítica”.
Dado que los sistemas de IA pueden presentar alucinaciones o sesgos con una apariencia de verdad
absoluta, el docente debe fomentar una alfabetización en IA (AI Literacy) que no sea meramente
instrumental, sino profundamente reflexiva. El educador se transforma en el garante de la humanización
del aprendizaje, asegurando que la tecnología sea un andamiaje que potencie las capacidades críticas y no
una prótesis que las atrofie.
La capacidad de la IA para ofrecer una personalización masiva del aprendizaje plantea una paradoja
pedagógica que debe ser gestionada con cautela. Por un lado, permite adaptar ritmos, niveles y estilos de
aprendizaje a las necesidades singulares de cada estudiante, lo cual constituye un ideal histórico de la
pedagogía inclusiva. Por otro lado, existe el riesgo de un aislamiento cognitivo donde el alumno interactúe
más con el sistema experto que con sus pares o su tutor.
La implicación pedagógica aquí es clara: la escuela debe fortalecerse como un espacio de
construcción social del conocimiento. La labor pedagógica debe orientarse a diseñar situaciones de
aprendizaje donde la IA sea el punto de partida para el debate, la colaboración y la resolución de problemas
en comunidad, protegiendo el aula como un entorno de encuentro humano y ejercicio democrático.
Diversos estudios advierten que la incorporación de inteligencia artificial en educación plantea
desafíos pedagógicos y éticos que obligan a repensar las mediaciones del conocimiento, el rol docente y la
gobernanza educativa (Selwyn, 2019; Holmes; Bialik; Fadel, 2019; Coeckelbergh, 2020).
En el capítulo inicial de Ética para Amador, Fernando Savater explica que “la ética está vinculada
con la capacidad humana de elegir y reflexionar sobre la propia vida. A diferencia de otros seres vivos
guiados por el instinto, los seres humanos deben decidir cómo vivir y qué consideran conveniente o
inconveniente para orientar su libertad” (Savater, 1991, p. 31).
Esta nueva pedagogía exige una transparencia dialógica. La integridad académica ya no puede
basarse exclusivamente en la vigilancia o el punitivismo, sino en un nuevo contrato ético donde el estudiante
haga explícita la mediación tecnológica en su trabajo. El desafío para las instituciones consiste en crear una
cultura donde el uso de la IA sea declarado y discutido, convirtiendo la sospecha de plagio en una
oportunidad para analizar cómo la tecnología ha enriquecido o limitado la voz propia del autor.
En este contexto, (Maggio, 2025; Selwyn, 2019; Unesco, 2024) advierten que la temporalidad
contemporánea también se ve profundamente afectada por la mediación tecnológica: “de alguna manera,
todos sentimos que el tiempo dejó de ser nuestro y se convirtió en el ente superior que rige la alocada lógica
Revista Científica Educ@ção v.12● n.18● edição especial/2026.